Creo en los procesos que transforman desde adentro. Aquí encontrarás un espacio para hablar sin miedo, entender tus emociones y recuperar la calma que tu vida necesita.Mi enfoque combina escucha profunda, estrategias prácticas y un acompañamiento humano que respeta tus tiempos.
VICTIMIZACIÓN: EL PROBLEMA NO ES LO QUE TE PASÓ, ES QUEDARTE AHÍ

La victimización no comienza con el dolor. Comienza cuando el dolor deja de ser una experiencia y se convierte en una forma de explicarte a ti mismo quién eres. Todos hemos sido heridos alguna vez. Todos hemos atravesado momentos en los que algo nos rompió por dentro. Eso no te hace débil, exagerado ni incapaz. Te hace humano. El problema aparece cuando ese dolor deja de ser algo que ocurrió y pasa a ser algo que te define.
Al inicio, la historia que te cuentas sobre lo que viviste suele cumplir una función. Te ayuda a entender, a ordenar, a poner palabras donde antes solo había confusión. Decirte “me pasó esto” o “me dolió de esta forma” puede ser necesario para no enloquecer. El problema no es explicar. El problema es quedarte a vivir en esa explicación.
Sin darte cuenta, empiezas a repetir la misma narrativa una y otra vez. “Siempre me hacen daño”. “Yo soy así porque me lastimaron”. “No puedo confiar, mira todo lo que viví”. Y lo que empezó como una forma de comprender termina convirtiéndose en una identidad. Ya no es algo que te pasó. Es algo que eres. Y cuando eso ocurre, el dolor deja de ser pasado y se instala en el presente, influyendo en cada decisión que tomas.
Cuando vives desde la herida, tu mundo se vuelve más pequeño. No porque no haya opciones, sino porque tu mente deja de verlas. Empiezas a anticipar el daño antes de que ocurra. Te proteges, te cierras, te contienes. No te mueves demasiado, no pides, no eliges con libertad. No porque no quieras, sino porque una parte de ti aprendió que moverse duele.
La victimización no siempre se manifiesta como queja constante. A veces es silenciosa. A veces se disfraza de resignación. De frases como “así soy”, “ya me acostumbré”, “no espero mucho”. Es una forma de estar en el mundo donde la vida pasa y tú reaccionas, pero rara vez eliges. Donde esperas que algo externo cambie antes de permitirte hacer algo distinto.
El costo de vivir así es alto. No solo porque sigues cargando el dolor original, sino porque a ese dolor se le suma la frustración de no avanzar, el cansancio de sentirte atrapado y, muchas veces, la culpa por no saber cómo salir. Y lo más duro es que esa culpa suele ser injusta. Nadie te enseñó a hacer algo distinto con lo que te pasó.
Pero hay una verdad incómoda que marca un antes y un después: aunque no elegiste lo que te hicieron, sí eliges consciente o inconscientemente qué lugar ocupa eso hoy en tu vida. No se trata de minimizar el daño ni de “pensar positivo”. Se trata de reconocer que seguir repitiendo la misma historia no necesariamente te está cuidando. A veces solo te está manteniendo inmóvil.
Salir de la victimización no es olvidar. No es perdonar rápido. No es hacer como si nada hubiera pasado. Es algo más complejo y más valiente: es mirar tu historia y preguntarte si la forma en que la estás contando te devuelve fuerza o te la quita. Si te ayuda a vivir o te ayuda a justificar por qué no te mueves.
Hay un momento clave en este proceso, y suele venir acompañado de incomodidad. Es cuando te das cuenta de que el relato que te ha sostenido durante años también te está limitando. Que entender por qué eres como eres no es lo mismo que aceptar quedarte ahí para siempre. Que explicar no es lo mismo que elegir.
El dolor explica muchas cosas. Explica miedos, reacciones, defensas, silencios. Pero el dolor no debería ser quien decida por ti hoy. Cuando permites que lo haga, le entregas el control de tu vida a algo que nació para ser procesado, no para gobernar.
Observar esto no es culparte. No es decirte que “deberías poder”. Es abrir una puerta. Es empezar a preguntarte qué pasaría si, poco a poco, dejaras de vivir solo desde lo que te hicieron y empezaras a construir desde lo que sí puedes elegir ahora.
El dolor no te define. Tu historia no es tu identidad. Pero la historia que te repites todos los días sí puede convertirse en una forma de desaparecer lentamente de tu propia vida. Darse cuenta de eso duele. Y al mismo tiempo, libera.
Si este texto incomoda, no lo descartes. A veces la incomodidad no es ataque. Es conciencia despertando. Y desde ahí, el cambio empieza a ser posible.
¿Este tema resonó contigo?
Escríbeme y conversemos de forma confidencial por WhatsApp
Sigamos construyendo bienestar juntos









